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La fuerza de Gustavo Cerati

29 abril, 2013

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Después del trágico mayo de 2010, la vida de Gustavo Cerati continúa en medio de canciones inéditas, videos musicales bajo llave y partes médicos invariables.

Está igual”. Hace más de dos años que las noticias sobre Gustavo Cerati están congeladas en esas dos palabras. Cuando uno habla con su círculo íntimo de amigos o con los familiares que van a visitarlo regularmente a su habitación de la clínica ALCLA, la respuesta es siempre la misma: está igual.

Lo fui a ver hace una semana y, aunque nosotros veamos señales, en los partes clínicos no hay ninguna evolución”, dice Óscar Fernández Roho, uno de los amigos más cercanos, encargado de su imagen desde los comienzos de la carrera solista del ex-Soda, director del video de Me quedo aquí y dueño de la peluquería Roho. “Está igual”.

A su alrededor, sin embargo, todo está en movimiento: una coreografía permanente de enfermeras lo asiste las 24 horas, amigos y familiares lo visitan todos los días en su habitación, hay un equipo de médicos protegiéndolo de las guerras internas de un organismo en estado casi de latencia y fisioterapeutas que lo sientan en una silla durante el día y mueven su cuerpo para que que sus brazos y sus piernas mantengan algo de tonicidad muscular y no se atrofien. Un pequeñao ejército de profesionales que cuidan ese cuerpo como si fuera un templo al que esperan que su consciencia regrese en algún momento.

Yo tengo mucha fe de que va a salir”, dice Lilian Clark, su madre, que a sus 83 años sigue yendo todos los días a visitarlo, turnándose en los horarios con una enfermera que lo cuida por la mañana y otra por la noche. “Yo sé que a veces dicen ‘ella sueña por ser la madre’. Pero no, yo tengo los pies en la tierra, miro las máquinas, miro todo y miro su evolución diaria. Gustavito está muy entero, está bien. Y hemos visto que no va para atrás”. La posibilidad de desconectarlo es materia de especulación por fuera del círculo familiar —como en algunos medios de comunicación— pero no dentro de él, que guarda la esperanza de que despierte.

Justamente la esperanza familiar hace que, por el momento, todo el material inédito de Cerati permanezca guardado hasta que algún día el músico dé personalmente su aprobación. Mientras tanto, el director Andy Fogwill conserva en la caja fuerte de un banco las copias de Magia y Cactus, los dos videos inéditos de Fuerza natural. Y Adrián Taverna, amigo íntimo de Cerati y sonidista desde los primeros conciertos de Soda Stereo en 1983 hasta el último recital que Cerati dio como solista el 15 de mayo de 2010 en la Universidad Simón Bolívar de Caracas, tiene cientos de horas de grabaciones de Soda Stereo.

Tengo un baúl lleno de cosas de Soda, hay muchísimo”, detalla. En mayo va a cumplir tres años extraviado en un baldío entre la vida y la muerte, una brecha existencial de la que los médicos no han sabido dar muchas precisiones más allá del parte que habla de un “daño cerebral extenso” y que hace pensar que, en caso de despertar, Cerati nunca volvería a ser el mismo.

De alguna manera, la última vez que Gustavo Cerati fue él mismo completamente ocurrió arriba de un escenario, en ese último show en Caracas, el epílogo de la gira de Fuerza natural por América Latina. “Había sido un día hermoso y por la noche unas nubes cruzaban el escenario, era una cosa de locos”, recuerda Gonzalo Córdoba, uno de los guitarristas de la banda de Cerati. “El show estuvo divino y el lugar estaba lleno. Y no me olvido que lo último que tocó fue Lago en el cielo. Al final de la canción, la última de la lista de temas, Gustavo hacía un solo de guitarra y esa noche, no sé por qué, estaba arengadísimo y el solo duró minutos y minutos; fue impresionante, él estaba en llamas”.

Ese solo al final de Lago en el cielo, que Gonzalo Córdoba lo miraba tocar maravillado a dos metros de distancia en el escenario, estaba siendo el último solo de Cerati. Cuando terminó el show y bajó a su camerino, después de comer un medallón de lomo se descompensó y lo llevaron en ambulancia hasta la clínica La Trinidad. En ese momento, Cerati habría sufrido el primer accidente cerebrovascular e iba a sufrir el segundo dos días más tarde, después de pasar el fin de semana internado en la clínica con un brazo paralizado y sin poder hablar.

Lo habían internado el viernes por la noche y el domingo en la mañana se despertó con un dolor de cabeza insoportable. Cuando las enfermeras entraron a la habitación para dejarle el desayuno lo encontraron agarrándose la cabeza con el brazo izquierdo, sacudiéndose en la cama, con los ojos apretados y un fuerte gesto de dolor: estaba sufriendo el segundo accidente. Después de hacerle unos estudios, lo durmieron y, desde entonces, no volvió a despertarse. Era el domingo 17 de mayo de 2010.

La habitación de Cerati está en el primer piso de la Clínica ALCLA y está decorada con un manto de la Virgen de Guadalupe que el músico había comprado en una gira por México y tenía en su casa del municipio de Vicente López. También hay fotos de Benito y Lisa, sus dos hijos, una guitarra eléctrica que llevó Luis Alberto Spinetta cuando fue a visitarlo unos meses antes de morir, una guitarra criolla con la que los amigos que van de visita suelen tocarle algunas canciones y una colección de iPods que sus amigos rotan, actualizándolos con los últimos discos que van saliendo.

Estos días estuve cargando mi iPod con los discos nuevos de Of Montreal, M83 y Pacific!, que son tres bandas que le gustan, para llevárselo”, dice Óscar Fernández. “Y cada dos o tres meses voy a cortarle el pelo”.

Gustavito tiene la piel mucho mejor que antes, en este tiempo no fumó, no tomó alcohol, parece más joven”, cuenta su madre. Lilian sigue viviendo en la casa del barrio de Villa Urquiza en la que se crió Cerati, un chalet en un primer piso con un frente de piedra y una terraza pequeña repleta de plantas. Últimamente, la sala se ha ido convirtiendo en un pequeño museo, recargado con los regalos, cartas y recuerdos que los admiradores del músico le envían desde todo el mundo. La habitación de Gustavo, que está al lado de la cocina y es la dependencia de servicio de la casa, está igual a cuando él era chico. Es un ambiente chiquito, con espacio para una cama de madera y un escritorio que en estos años se fue llenando de libros y de estantes con más libros. En la ventana hay una calcomanía de la Universidad del Salvador, de cuando estudiaba ahí la carrera de Publicidad a comienzos de los ochenta y, sentado al fondo de la clase, craneaba con su compañero Zeta Bosio la forma de armar una banda que sonara como The Police. También hay una calcomanía de Charly García, pero de la etapa Say No More, en la segunda mitad de los noventa, cuando Gustavo ya era una de las grandes estrellas del rock latino en toda América y estaba a punto de separarse de Soda Stereo, pero seguía conservando en ese cuarto el espíritu de chico fascinado por sus ídolos de la infancia. “Y tenía también un afiche de The Police pegado en la puerta, que se lo había firmado Sting, pero hace unos años vinieron a pintar y se les rompió”, cuenta Lilian.

Y ahí, en ese rincón del living se pasaba horas y horas con la guitarra”, recuerda. “En este lugar compuso cualquier cantidad de canciones. Cuando empezó a componer Cuando pase el temblor yo estaba en la cocina cocinando, escuché y salí y le dije: ‘Qué hermoso Gustavo,¿qué es eso?’, y me miró y me dijo: ‘¿Te gusta, mamá?’. Por eso nadie me va a decir quién fue el compositor de esas canciones, porque yo lo vi componerlas acá. Se pasaba horas, pero horas con la guitarra criolla”. Eran los 70. Gustavo tenía 15 años y, con sus amigos del colegio, vivían escuchando grupos de rock progresivo. “Escuchábamos todo el día Genesis, King Crimson, Yes y Pink Floyd”, detalla Gabriel Altube, uno de sus compañeros de la secundaria en la escuela parroquial San Roque. “Su canción preferida era Cinema Show, de Genesis. Cuando salíamos del colegio, nos quedábamos toda la tarde en las escaleras de la parroquia y él trataba de sacar la forma de tocar guitarra de Steve Hackett de Genesis o de Ritchie Blackmore de Deep Purple”.

Unos años después, en el verano de 1982, cuando el post punk y la new wave todavía eran un estallido en los sótanos de Londres gracias a una lectura pop, experimental y sofisticada del punk, en un garaje del barrio de Núñez, Cerati iba a armar Soda Stereo con Zeta Bosio y Charly Alberti, fascinados con el sonido y el aspecto de los tres integrantes de The Police. Aunque su técnica y su sensibilidad para tocar la guitarra estaban imbuidas de esos años de formación progresiva de la adolescencia de Cerati, por el ADN musical de Soda Stereo iban a correr la modernidad y el desprejuicio pop de grupos como The Police, XTC, The Specials o The Cure. “A nosotros cuando salió el primer disco de Soda no nos gustó para nada, nos pareció que Gustavo estaba siguiendo una veta comercial”, dice Alejandro Magno, que era su compañero de pupitre en la primaria. “Nos parecía una traición”.

Cerati acababa de formar el grupo que mejor iba a encarnar el despertar democrático en Argentina y que iba a revolucionar el rock latino en el continente durante los ochenta, marcando a una generación que por primera vez iba a descubrir el rock en español con ellos, pero sus compañeros de colegio lo veían como una traición.

Fuerza natural, su último disco, fue un regreso a la adolescencia. Cuando se encerró en Unísono, su estudio del barrio de Florida, para componer el álbum, lo hizo a partir de samples de grupos progresivos como Yes o de rock argentino de los setenta como Billy Bond y La Pesada del Rock & Roll. Para alguien que siempre había estado tratando de escuchar el futuro para decodificarlo en canciones pop de una potencia radial masiva, volver a esa época significaba ir en busca de cierta atemporalidad, de una materia o una energía que permaneciera invariable, sin envejecer.

En el Peugeot 206 gris con vidrios polarizados que manejaba Cerati en Buenos Aires para pasar inadvertido, además de sus más recientes grabaciones en el estudio, en la última época casi siempre tenía puesto Raising Sand, un álbum de estándares modernos de folk, blues, country, rock y rhythm & blues que Robert Plant grabó en 2007 con la cantante de bluegrass Allison Krauss, el disco de un músico maduro mirando sus raíces, buscando un elemento que atravesara el pasado y el presente para poder hablarle al futuro con su propio lenguaje.

Para Cerati eran unos años de reconciliación con el pasado después de una vida entera obsesionado con el futuro. Si Bocanada y Siempre es hoy, los dos discos que editó tras la separación de Soda Stereo, fueron movimientos para desmarcarse del peso de su historia sumergiéndose en la electrónica y el midtempo en busca de formas nuevas, en 2006 Ahí vamos marcó un regreso a los estribillos de vocación radial y el rock de guitarras de los últimos tres álbumes de estudio del grupo, Canción animal, Dynamo y Sueño Stereo. En ese disco, Cerati había ido en busca de cierto clasicismo, y de recuperar intensidad, distorsión y melodías pop para las masas. Había ido en busca de la consagración de su carrera solista y la había conseguido tras grabar su disco más exitoso, con un sencillo como Crimen, que tuvo una rotación radial intensa desde el comienzo, una gira de estadios por el continente, dos Grammy Latinos y un premio Gardel de Oro.

Apenas entonces se permitió reunir a Soda Stereo en 2007 para una gira de dos meses por América Latina y Estados Unidos y revisitar sus años de estrella de rock en la segunda mitad de los ochenta. Y de vuelta en el presente, Cerati se encontró con una inesperada sensación de libertad combinada con una consciencia vital más concreta. Por un lado, ese tour express por su juventud le había hecho mirar para atrás y tomar una dimensión más concreta del tamaño y la consistencia de su obra, del impacto que tenía todavía en varias generaciones de América Latina, de la vigencia de esas canciones.

Me siento liberado de muchas cosas”, declaró en una entrevista con Billboard. “El hecho de haber realizado la gira anterior de Ahí vamos, que fue muy exitosa para mí, y también por supuesto la gira de Soda, que fue enorme, me puso en un lugar por lo menos musical en donde realmente siento que puedo hacer cualquier cosa”.

Por primera vez tenía una idea clara de la trama general que iba a atravesar el disco. Quería que se llamara Viento. Quería que el disco fuera un viaje en distintas dimensiones: un viaje temporal y sensorial, un viaje externo y a la vez interno, un viaje terrestre y cósmico, un espejismo de folk, blues y psicodelia, una vuelta a los setenta. En una era política en que la Argentina parecía atrapada en un loop dialéctico sobre los años de lucha armada de los setenta, Cerati hacía su propia lectura sentimental de la época.

Ahí vamos, el título de su álbum anterior, era al mismo tiempo una arenga y una confirmación de que estaba en movimiento y tenía una dirección. Viento, en cambio, también contenía la noción de movimiento pero implicaba una mirada menos introspectiva y más cósmica, la aceptación contemplativa de una fuerza externa e incontrolable, una especie de religiosidad.

En el verano de 2009 se recluyó dos meses en su chacra de Punta del Este, en Uruguay, para pasar las vacaciones y trabajó las letras de varias canciones con su hijo Benito, que por entonces tenía 15 años y terminó dándole el nombre definitivo que resumía el espíritu del disco: Fuerza natural. “El disco habla justamente de las fuerzas naturales internas y externas, las invisibles y las cotidianas”, dijo Cerati después de sacarlo, en septiembre de ese año. “Es luminoso. Quería que fuera así; por más que por momentos haya chispas de oscuridad, situaciones con la naturaleza que son especies de amenazas latentes, está el disfrute con la música de la naturaleza, con lo que tenía a mi alrededor: tormentas tremendas, momentos increíbles de paz y viajes internos personales o con mis hijos, escribiendo, alejado de ciertas cosas, pero conectado”.

En el EPK que editó como promoción del disco, grabado en un zoológico de las afueras de Buenos Aires en agosto de ese año, Cerati en un momento mira a la cámara y dice: “Si yo me retirara ahora, en este momento, que no creo que sea muy factible, pero supongamos que sí, me iría contento, por Fuerza natural”.

Es difícil no escuchar un eco premonitorio en sus palabras, en las letras de las canciones, en un álbum que hablaba de viajes internos y cósmicos, que de pronto mostraba una búsqueda espiritual y trascendental que Cerati nunca antes había filtrado en su obra. “Muchos afirman que es un disco premonitorio”, dice Lilian. “A una chica en Colombia, Gustavo le dijo: ‘Quizás esta sea mi última gira’. Se me pone piel de gallina cuando lo recuerdo”.

Anita Álvarez de Toledo, una amiga con la que Gustavo solía pasar sus vacaciones en Punta del Este y que era corista de su grupo, dice que llegaron a hablar del tema antes de que sucediera. “Lo que le pasó yo lo percibí, lo imaginé y lo hablé con él mil veces; fue un tema de conversación de meses, pero nada se puede evitar y él tenía que pasar por esto”, asegura.

El disco Fuerza natural es un presagio, es un oráculo de todo esto. Una vez estábamos bailando en Punta del Este y justo pasaron un remix del tema Deja vù, entonces él me miró fijo y me dijo: ‘¡Boluda, me temo que el disco que hice es un fucking oráculo!’”.

En una entrevista, Cerati lo dijo así, de forma contundente: “Fuerza natural arranca con la idea de un viaje. Te transmite que está bueno entregarse a ese viaje y que los demás no deben preocuparse por perderte en el trayecto”.

/ Rolling Stone /