Adrián Taverna: "Con Gustavo más que amigos éramos hermanos"

Adrián Taverna: “Con Gustavo más que amigos éramos hermanos”

A cinco años de la muerte de Gustavo Cerati, el histórico sonidista dice que el 4 de septiembre es el día de la liberación del líder de Soda Stereo. Analiza el impacto de su obra, describe su personalidad y confiesa: Era imposible que se despertara, nunca tuve esa expectativa.

Esquiva las redes sociales y también la exposición. Le huye a las cámaras, pero en alguna foto se infiltra. No lo busca, porque prefiere pasar inadvertido. Es difícil que lo logre: está, aunque busque tapar su rostro detrás de la consola o de su melena. El sonido lo delata. Y los recuerdos también. Adrián Taverna escribió los pentagramas de su vida durante 30 años a la par de Gustavo Cerati. Era apenas un purrete cuando Federico Moura, líder de Virus, los presentó. “Nos dimos cuenta de que vivíamos a cinco cuadras y nos juntábamos a escuchar música. Yo tenía un equipo de sonido, hogareño, pero muy potente. Nos pasábamos horas así, o veíamos películas”, hurga en los recuerdos mientras charla con Clarín.

Taverna entendía que su relación con el músico iba más allá de las tardes refugiados en un cuarto lleno de rombos y posters, viendo girar algún disco eterno. La agudeza de su oído no le falló: “Tuvimos una relación de mucha amistad y aprendizaje juntos. Fuimos muy compinches siempre”. Y aquel vínculo, que brotó cuando Soda Stereo ni siquiera era un sueño, floreció en 1984, el año en el que el trío craneó, con Adrián como sonidista, su primer disco en la terraza de una casa ubicada en Victorino de la Plaza y Barilari.

Pero cuando esos viejos buenos tiempos se transformaron en recuerdos por la disolución del grupo, Cerati y Taverna siguieron escribiendo su historia repleta de bemoles: estuvieron juntos en más de 2.000 shows, disfrutaron del éxito de los álbumes de Gustavo como solista, sacudieron la memoria con el eventual regreso de Soda y compartieron hasta el fatídico instante en Caracas, cuando las guitarras lloraron por primera vez. “Hay algo –rememora- que fue muy emocionante para nosotros, pero muy íntimo también. En 1987 fuimos con Soda al Festival de Viña del Mar, que fue donde la banda estalló a nivel continental. Y 20 años después volvimos con Gustavo… Es imposible de explicar, porque fuimos los únicos dos que vivimos todo eso”.

• Tenías una relación diferente. Aún así, ¿lo tratabas como a un líder?

– No. Siempre respeté que él era el líder, pero yo tenía un trato de igual a igual con él. Nosotros discutíamos y nos hemos peleado, pero nunca por mucho tiempo. En alguna gira no nos hablamos, pero después de tantos años… Era normal. Tengo 60 millones de anécdotas con él. Me acuerdo de Gustavo todo el tiempo y de las miles de cosas que vivimos también, porque lo tengo presente siempre.

• ¿Con los años cuesta menos hablar del 4 de septiembre?

– Es el día de la liberación de Gustavo. El día en el que ascendió. En su momento me puse triste por su fallecimiento, pero lo tomé de esa manera. Es una liberación: pudo descansar en paz, que es lo que se merecía, y no estar sufriendo cuatro años encerrado en su propio cuerpo.

• ¿Cuánto tiempo tardaste en entenderlo así?

– Al instante. Siempre pensé que quería eso y sucedió… Yo lo estaba esperando. Lo que fue triste para mí fue el momento del entierro. Ahí sí me quebré, lloré muchísimo, pero siempre me mentalicé de eso: que era una liberación.

• Pero tenías la esperanza de que se despertara.

– No, era imposible. Yo nunca esperé eso, porque si le pasaba era un milagro. Y para que sea un milagro tenía que ser enorme. Fue muy grande lo que le pasó a él… Yo nunca tuve esa expectativa, porque los datos médicos decían una cosa. Sí la ilusión, porque soy humano. Pero matemáticamente era imposible.

La voz de Taverna, de tan calma, empieza a entrecortarse. “No soy nostalgioso”, advierte. Pero las memorias le roban un par de suspiros. Porque su relación con Cerati excedía a las salas de ensayo o las canchas de fútbol, donde jugaban algún que otro picado como aquella tarde en Chile. Hoy, con 57, todavía recuerda las contadas veces en las que Gustavo le preguntaba por Racing, o cuando cambiaban la logística porque era el turno de la Selección. “No le daba mucha bola al fútbol, pero en los Mundiales parábamos todo: ensayos, vuelos… A veces salíamos seis horas antes para verlo en el aeropuerto”, relata.

Es que el sonidista, que también trabajó a la par de Riff, Skay y Juanse, por citar algunos, consideraba parte de su familia al líder de Soda: “Más que amigos éramos hermanos. Lo que nosotros compartíamos no lo compartió nadie… Yo estuve toda la vida con él, nos respetábamos mutuamente y le debo muchísimo”. Y, a un lustro de su desaparición física, continúa esa sensación que no hay final.

• De todas las frases que creó, ¿encontrás alguna que lo describa?

– Ninguna. Es como querer agarrar el agua con las manos: no se puede. Gustavo era una persona que no tenía límites, entonces limitarlo a una sola frase me parece que no va. Un día era de una manera, otro día de otra… Con una amplitud mental pocas veces vista, porque era una persona con una inquietud artística impresionante. Es imposible resolverlo en una frase. ¿En palabras? Un genio.

• ¿Y en una canción?

– Imposible también. No hay. Una de las grandes características que tenía era que nunca se repetía, entonces todas sus canciones tienen algo de él. Y lo representan en diferentes roles, situaciones… Toda su música es el fiel reflejo de él. Llevarlo a una sola, para mí es imposible. Aparte, todos los discos de Gustavo son importantes. No pienso que hizo uno malo o feo, pero para mí Fuerza natural, el último, es el mejor de su carrera.

• ¿Cómo ves que repercute hoy su legado?

– Es una influencia impresionante en toda Latinoamérica. Hay bandas que son ultraconocidas actualmente, ya sean de México, Colombia… Y todas se dedicaron a la música por haber escuchado a Soda, entendiendo que se podía hacer música en español. Fue hace casi 40 años, en un continente lleno de dictaduras. Algo grande… Gustavo es muy grande.

/ Clarín /